NORTE

Paso del Norte, ¡Qué lejos te vas quedando!

dos direcciones mis ojos las vas dejando,

y los pobres de mis padres de mí se están acordando,

sólo Dios sabe si a verlos no volveré.

Paso del Norte. "Procede de la Hacienda de Pontezuela, General Terán, N.L., hacia 1909." Vicente T. Mendoza, La canción mexicana.

 

Trains of sealed box-cars crammed with human cargo could be seen passing over every european railroad. Men, women and children were crowded within them without food, without provisions for sanitation, without so much as room to sit down. The trip might take days or weeks; and many died, their corpses mixed with the miserable living, long before they reached their destination.

Solomon Grayzel, A History of the Jews.

 

MEXICO, D.F., Julio 3 - Siete jóvenes, entre los 17 y 24 años, y dos individuos que les habían cobrado para pasarlos sin documentos llevándolos desde Pabellón de Arteaga, una población occidental del estado de Aguascalientes, hasta Ciudad Juárez a lo largo de una ruta de poco más de mil kilómetros por ferrocarril partieron en busca de la suerte el lunes pasado. Hermanos y amigos les despidieron, en medio de bromas y risas. De aquellos nueve, y otros nueve que después se sumaron al grupo, sólo uno habría de vivir para relatar que al tratar de ingresar a territorio norteamericano en forma ilegal, encontraron la muerte por asfixia dentro de un hermético vagón del ferrocarril Missouri Pacific en Sierra Blanca, Texas.

                                                                                                       *

-A los migras yo siempre les había tenido mucho coraje, pero esa mañana, cuando abrieron la puerta del tren, los vi como ángeles salvadores. Nos subimos al furgón en El Paso, allí en los traques, como a las cinco de la mañana, pero el tren arrancó como a las ocho. Nomás llevábamos nuestra ropa y unos galones con agua porque los coyotes ya nos habían dicho que el calor estaba muy cabrón y que no sabían cuantas horas haríamos de viaje. Hasta donde yo supe de los compas, unos eran de Zacatecas, otros de Guanajuato y unos de Juárez. Ibamos tranquilos porque el coyote que se quedó nos dijo que todo iba bien, que no habría problemas pero que no hiciéramos ruido, pasara lo que pasara, por eso cuando el tren se paró nos quedamos callados, cerró la puerta porque, como dijo, así ya no revisarían el vagón. 

                                                                                                       *


Miguel se había vuelto a caer de la cama. Sudaba frío.  Se había raspado las manos sobre el machimbre. Sentía que le punzaban una cantidad de astillas entre las uñas y la carne. Quería gritar pero el alarido se le atoraba en la garganta. En la penumbra sólo brillaban los cabellos negros revolcados y los ojos abiertos que le provocaban terror. Ahora como entonces se encontraba todo desnudo menos el calzoncillo. Sudaba igual.

                                                                                                       *

Por fin habían llegado a Juárez después de viajar montados, asardinados, encojidos, entumidos por mantenerse rodilla contra rodilla, codo con codo, sentados algunos, parados otros, agarrados de los barrotes de portabagages pendientes a los lados junto al techo, otros aún espalda a espalda, de cuclillas, a lo largo del pasillo y peor, los que ya se habían pasado de fatiga, tirados en posición fetal, los más, jorobados en las bancas naranja de madera, marca ingrata de todo carro-horno de segunda de los ferrocarriles nacionales. No fue posible descanso alguno, menos dormir. Se había levantado muchas veces, sentía que los huesos le romperían músculos y piel para atravesarle las nalgas. Había saltado sobre bultos soñolientos e insomnes hasta llegar a los extremos del vagón. Se había asomado por la ventanilla abierta de la puerta de descenso, había sentido sabroso cuando le pegaba el aire sobre la cara y a medida que le estiraba el cabello, le acariciaba los brazos, el pecho y le secaba la espalda. Empapado, le habían corrido gotitas de sudor por todo el cráneo bajándole por las patillas y la nuca hasta correrle por el cuello, primero gotas, después chorros.

-Se fueron con la esperanza de ganar más dinero ...

-Habían pagado una fortuna en dólares para que los pasaran ...

-No era la primera vez que mi hermano había cruzado la frontera sin papeles ...

-Se gana mucho dinero y en poco tiempo. Mi hermano trabajaba en restaurantes, ahorraba y regresaba aquí con dólares ... Mi hermano es alto, moreno. Nos enteramos de la noticia por la televisión y esta mañana por los diarios...

-No sé qué pudo haber pasado, estaban contentos, seguros de regresar con dinero, regalos y ropa nueva ...

-No podemos pedirles a nuestros hijos que dejen de viajar para buscar las necesidades de sus familias ...

-Muchos de ellos son casados y tienen hijos qué mantener y hay muy poco trabajo acá ...

-Trataron de darles un escarmiento para evitar que continuarán pasando ...

-La Patrulla Fronteriza norteamericana descubrió el embarque y a propósito los dejó encerrados hasta morir ...

-Mi hermano ya había entrado varias veces como ilegal. La última vez, que trabajó ocho meses en un restaurante, también entró a Estados Unidos dentro de un vagón que tenía una amplia abertura en el piso para que entrara el aire. No es posible explicarse cómo utilizaron ahora un vagón hermético y que mi hermano no se haya dado cuenta por experiencia ...

-Los coyotes viven de los ilegales, ?por qué habían de matarlos?

-Nosotros pagamos veinte mil pesos por el cruce del río, y estabamos obligados a entregar trescientos dólares, cuando ya estuviéramos trabajando ...

 


El cansancio se dejó sentir por la madrugada, a unas 5 horas norte de Aguascalientes. Rete contentos, todos enseñaron la mazorca al principio, cuando apenas empezaron a cruzar las planicies extendidas que se suceden una a otra hasta Zacatecas. Se había armado una algarabía de Cocacolas, Toronjas del Valle, Fantas y chaparritas de uva pero luego pidieron los cafés, descubrieron que no servía la luz cuando ya la gritería de los chamacos y las quejas de todos surgieron a grado violento, el conductor pasó de extremo a extremo, prendió las lamparitas de petróleo con platitos de estaño doblado pegados por detrás de la bombilla para reflejar la llamita, que no como las aureolas que llevan los santos y vírgenes de todas las iglesias de su estado. Acá los candiles eran más hermosos por la querosina morada que brillaba tras el vidrio del recipiente. El vislumbre rebotó sobre botones, el escudo de aguilita y el barboquejo dorado de consuetudinarios uniformes azul marino, corrió de norte a sur sobre las ventanillas, por los cristales claros y rosados de puntiagudos espejuelos de las viejas y de los verdinegro montados sobre narices judiciales bajo tejanotas. 

Llegó despacio. Cuando sintieron que el llano se extendía y empezaron a contar las paradas y se dieron cuenta que seguiría parándose en cada pueblito, cuando se extrañaron otras veces que hasta para atrás se echaba, que se metía por una espuela a esperar que pasara algún carguero rumbo a Aguascalientes llegó el cansancio. A muchos se les llenó el buche de piedritas cuando ya tenían aguantadas tres horas en Martín Pescador y por fin se percataron de que los garroteros, el maquinista y los conductores se habían bajado, con la calma burocrática que da la seguridad de trabajo y la poca competencia, y que seguían felizmente sentados dentro de un pequeño salón ferrocarrilero. Cuando lo comprendieron repelaron pues era el colmo que los hubieran dejado allí aplastadotes mientras ellos celebraban su sesión plenaria de la Sociedad Mutualista. Primero se remolinaron bigotes y las alas de los Stetson frente a las portezuelas de los vagones, luego empezaron a traquetear tacones altos y botas de arriba para abajo a lo largo de la vía y por entre las tupidas acacias de al lado de la estacioncilla, después en bola se dieron a rondar el jacal blanco que servía de salón de juntas y acabaron fumándose sus cajetillas de Faros y Delicados, agotaron las sodas y cervezas del expendio y las que le quedaban al concesionario del tren, le siguieron pasando monedas sobre las rejas de las ventanas hasta que uno empezó a silbar y otros a aplaudir al fresco de la madrugada, terminaron hechos un molote de raza bronca y rebozuda que se plantó frente al saguán del saloncito y a gritos paró el discurso de un líder charro, exigió continuar el viaje, pero en caliente, bajo amenaza de linchamiento, los de azul, los de mezclilla y paliacate salieron colorados, jalándose los picos grasientos y encharolados de la gorra, acomodándose cinturones y fajándose camisas, estirándose tirantes de pantalones de pechera a rayas y ajustándose los lentes.

-Los indocumentados sufrieron convulsiones de calor ... 

-Se tiene problemas para identificar a los muertos porque ninguno traía identificación ...

-Estamos tratando de averiguar quién es ese coyote ...

-El tren llegó tarde porque fue desviado a una vía secundaria debido a un problema mecánico ... 


-Sentimos no haberlos detectado y sacado a tiempo ... 

-La revisión efectuada fue de rutina; hay una vía que pasa por aquí y los trenes que van al oriente, saliendo de El Paso, los paramos e inspeccionamos en busca de extranjeros que generalmente se dirigen al área de Dallas-Fort Worth ...

 

Por fin siguió el vaivén y el chaca chaca, despacito hasta que la máquina empezó a echar humo negro y voló la greña junto a las ventanillas, comenzó a colárseles polvo por las narices y los chillones chilpayates, vencidos, se durmieron cubiertos del incesante balbuceo.

Así como al amanecer, cuando apenas hay luz como para que brillen las cúpulas como pelotas nuevas, se avistaron los blancos muros y el verde  amarillento de la Bufa, chaca chaca. Allí paró. Se bajaron los que quisieron, los que habían llegado. No esperó mucho. Nerviosos, los conductores regañaron a los que subían acompañando a los abordados aduciendo que el tren ya iba muy retrasado, que se bajaran o no responderían, algunos precavidos se aseguraron con lonches de queso y salchicha, otros de aguacate y Manzanitas del Valle o sangrías. Los chavalitos se lanzaron a la plataforma sin dejar de corretear ni un sólo instante, jugaron a la roña, vacilaron a los encantados peligrando caerse a la vía ante la mirada perdida de las señoras de chal y de panzones güicholudos de botas, anillos y brillantes hebillas de cabeza de caballo bajo el bulto de la panza.

Ninguno de los que ya se habían largado de mojados dijo lo contrario, pasar por el desierto , chaca chaca, era punto menos que un recorrido a través del infierno, los calores sólo los aguantaban los camaleones y las lagartijas o los que por destino allí habían nacido. Los domingos se lo habían platicado mientras se tomaban su cervecita recargando las sillas contra la sombra de los muros. Eran viejos colmilludos, se habían pasado los años en el betabel de Colorado y Háidajo, en la uva y la lechuga de Texas y Califa y el viejo Elizondo hasta se había enganchado para camellar en el riel allá por Ojayo.


Se lo dijeron clarito: -Trabajas de sol a sol en el calor y en el frío, a veces es muy húmedo y te empiezan a doler los huesos o te da una fiebre canija pero los patrones te exigen que rindas, nada de hacerte pato y no ir a ponerle aunque estés mal, allí no hay medecinas, ni dotores, ni el seguro aunque tú pagues pa que te los den cadaquincena, eso y más por lo de los taxes y como andas de mojado ni quien se fije si te quejas, de lo contrario, mejor te echan a la migra y vámonos recio pal campo de detención onde te van a deportar o si ya estuvites y te han tomado las vejetales pos hasta chance y alcances condena en la famosa "Tuna", que así le dicen a un tambo para mojados que tienen los gringos por allá, y allí sí que te chingates años, allá sí que o te aclimatas o te aclichingas, el jale a veces es muy pesado en eso de las matas como el algodón, te metes una soba de los mil demonios en las espaldas, pos qué no ves que tienes que entrarle duro al azadón chaparrito, pos jalas muy cerca del surco pa que veas bien donde escarbas y luego te entra rete muncha gana de largarte, de venirte a ver a tu vieja, a visitar a tus jefes, a echarte un romance sabroso, porque allá ni eso, todos van quesque a traerse una güera, ¿tú crees?, ni los pelan, porque allá si eres prieto estás jodido y si eres güero y no sabes masticar totacha bien bien, luego luego se te echa de ver y te hacen el feo ...

Pero nadie les había creído: -Exagerados, dijeron ¿Qué peor que arar o desenyerbar de sol a sol en las milpas de su pueblo? se contestaban ¿O que andar en la pizca de la uva? Puro cuento para que no fueran, para que no volvieran bien pesudos a hacerlos de menos. Quesque no iban a aguantar las jornadas y que el trabajo al otro lado no era mal pagado pero que los gringos los tratarían como perros. Puro cuento, nosotros nos largamos pallá y van a ver cómo les llegamos más machines que ninguno, además, aquí no hay nada de nada, está rete aburrido y aunque queramos jalar, no hay más que las pizcas y pagan sueldos de hambre, ni podemos ayudar a nuestras familias ni nada y además, ya es hora de que nos vayamos a conocer el mundo pus que ...

Supieron que iban llegando a Juárez cuando avistaron los cerros pelones, así nomás, sin avisar, como si se les hubieran aparecido por entre las faldas y los pliegos de tierra reseca y arena. Se les figuraban animales prehistóricos, fósiles inmensos, lomos cubiertos de gigantescas escamas, cuernos retorcidos, unos caprichosos como en posición de asalto, otros tranquilos, dormidos o muertos. La mesa misma, tan plana y extendida, les infundía un grave sentido de melancolía y pequeñez, solo, todo aquello estaba totalmente solo. Ni Torreón ni Chihuahua los había recibido tan polvoriento y jodido, el calorón desde Cuencamé hacía que se les pegara el polvo al sudor para convertírseles en una masa de lodo, en Camargo, Conchos y Delicias se les levantaron los ánimos al ver tanto cultivo verde pero al pasar por Moctezuma se les bajó el pico hasta los pies, nunca habían visto tanto torbellino junto, unos para un lado otros para otro, otros agredían al tren y pasaban por dentro de los carros llevándoles los chales y pañoletas a las señoras, llenándoles las bocas de arena a los chilpayates chillones y volándoles la gorra de béisbol a los que desesperadamente trataban de pezcarlas en el aire, los carros de la carretera que cruzaba y entrecruzaba la vía al otro lado de Villa Ahumada nomás pasaban como hormigas de colores, sin hacer ruido, sin voltear a verlos, sin importarles que allí fuera el tren y que los de arriba llevaran una sed horrible y los riñones machacados.


 -Las severas restricciones legales para permitir el paso a los trabajadores indocumentados fueron las causas indirectas de la tragedia ...

-Grupos parapolicíacos, fascistoides y racistas son los autores intelectuales y materiales de este asesinato colectivo de indocumentados ...

-Es sospechoso el hecho de que el único vagón desenganchado en la estación de Sierra Blanca fuera el que transportaba los cadáveres de los indocumentados, como si ya supieran de su existencia ...

-La tragedia ocurrió en circunstancias sospechosas, ya que la vigilancia en los patios de la estación del ferrocarril en El Paso es muy severa y constantemente son patrullados por policías de la estación y agentes de la Patrulla Fronteriza ...

-Es muy difícil para los indocumentados poder llegar hasta los vagones, lo más seguro es que quienes los dirigían estaban en complicidad con las autoridades para poder meterlos en el vagón ...

-El incremento de la vigilancia en la frontera y de la persecución y hostigamiento de los indocumentados provocado por la Ley Simpson-Rodino ha aumentado el riesgo de perder la vida para millares de seres humanos que no tienen alternativa en su país y buscan seguir trabajando en E.U. como la han hecho tantos años ...

-La causa indirecta de la tragedia es la dependencia económica de México hacia Estados Unidos.

 


Por fin, despacito, muy despacito, se fueron repegando a la estación, la raza desesperada ni siquiera esperó a que se parara, comenzaron a echar los bultos por las ventanas a dejar caer a los chavos grandecitos y a hacerse bola contra la puerta, por fin se bajaron al andén, como esperando que allí estuviera alguien para recibirlos, como deseando que llegara el presidente municipal y los invitara a todos a meterse a la alberca de su casa, como queriendo que los mil coyotes pasamojados que por ese lugar abundaban les tuvieran listos sus pasaportes con visa gabacha de múltiples entradas y un chorro de dólares como adelanto por el jale que allá les tenían ya seleccionado para que le entraran con ganas, para que ganaran muchos dólares y para que pronto, muy pronto, ya ricos y muy orondos pudieran regresar a su tierra a demostrarles a los viejos mentirosos lo profundo de su error, pero nada ni nadie se les paró, de lo contrario, se quedaron allí medio apendejados sin saber qué hacer al darse cuenta de que efectivamente habían descendido del familiar y conocido tren a una ciudad de paso que no los quería más que para piñarlos, para explotarlos, para confundirlos y joderlos de la manera que fuera pues estaba cansada de recibir miles y miles de soñadores como ellos que a final de cuentas nunca podrían pasar y que ante el trágico desenlace se convertían en más y más parias que aumentaban el índice de miseria. Caminaron hasta el monumento a Juárez pasando por sobre el puente del eje JuanGa(briel), que así había bautizado la raza bronca al tramito de carretera doble con un paso a desnivel que va hasta el kilómetro cinco, cargaron las pocas pertenencias que llevaban en maletas chafas para equipo de tenis o hasta en paliacates, allí se sentaron en las bancas de fierro bajo los sauces llorones, del lado donde paran las ruteras que llevan a las maquiladoras a sus jales, se preguntaron uno a uno ?qué demonios iban a hacer allí? desamparados, caídos de la mano de Dios, con unos cuantos pesos en  la bolsa nada iban a lograr, ?cómo iban a encontrar al coyote que les echara la mano para cruzarse al otro lado? se pasearon alrededor del parque porfiriano, encontraron a otros que ya tenían allí varios días en espera y nada habían logrado, se sentaron a platicar y escucharon las mismas quejas de los antiguos braceros de Aguas y les dieron ganas de ponerse a llorar, uno de los compas que se encontraron les platicó que él ya le había agarrado a la movida, que se iba de calle en calle destapando, desenterrando la basura de los tambos y que desde hacía días, aunque ya sin ningún dinero, la hacía con la comida que de allí sacaba, que no le importaba dormir donde fuera, en las banquetas o en los parques donde los chota de grandes dentaduras no lo molestaran, pero que a lo que sí le temía era al invierno pues le habían dicho que por acá eso era duro como en ningún otro lugar, que helaba, que nevaba, que el airecito cortaba hasta los huesos y él sin una pinche chaquetita para protegerse siquiera, allí se quedaron largo rato, hasta oscurecer, hasta que se vieron solos y las patrullas de policholos rondaban el parque echándoles muy malos ojos, se levantaron, preguntaron para dónde quedaba el río y caminaron, se acercaron al cauce caminando bajo las chamagosas luces de neón y las emplovadas marquesinas del centro y por el amplio camellón de la Avenida Francisco Villa, ya frente al río se dieron a buscar quién los pasara, caminaron por el bordo, iban en dirección oriente, después de un buen rato llegaron a un lugar en donde estaba apelotonado un grupo de gentes, los estaba instruyendo un coyote que al verlos acercarse les hizo señas preguntándoles que qué querían, que si querían cruzar llegaban a tiempo, que ya salía un grupo para engancharse en la Florida donde trabajarían en las pizcas de la naranja, la toronja y los limones amarillos, que si querían que los pasaran se tenían que dejar cai con trescientos dólares por piocha pero que les garantizaban la llegada y el jale, que ésos que allí estaban ya se habían contratado y que todo estaba listo para pasar, unos miraron a los otros, se metieron las manos a las bolsas y contaron los pesos, no alcanzaba, le dijeron al coyote que sí querían pero que les hiciera una rebajita para poder entrarle al quite, aquél les dijo que no, que ?qué pues?, que aquello del costo del transporte estaba muy medido, que no era cualquier cosa y que además, pues él también tenía sus gastos, pero siguieron insistiendo hasta que por fin, ya viendo "el relámpago verde" en la mano y como eran algunos les dijo que estaba bien.


Pasaron a la mitad del pinche río seco que de Bravo o Grande, como le decían los gabas, no le quedaba más que el nombre, se fueron siguiendo al coyote por las partes menos hondas, se mojaron los zapatos, los calcetines, los pantalones, pasaron sin quejarse, sintieron fresca el agua y muchas ganas de bañarse allí mismo pero no se pudo pues el coyote insistía en que se apuraran a salir del agua, a encaramarse sobre la ladera de cemento, que a gatas subieran cargando sus bultos hasta la cima del declive y que se prepararan para correr en el momento que él se los ordenara después de pasar por el agujero de la primera malla metálica que se extendía a lo largo de la frontera gabacha, se pusieron más nerviosos de lo que ya iban, se les figuraba que en cualquier momento los atacarían unos gringos armados de metralletas, que mientras corrieran entre las cercas de dos metros de alto, los perseguirían aquellos helicópteros verdes que habían divisado por la tarde desde el monumento, que mientras se escabulleran bajo el agujero de la red los cacharían sin más, echándoles las fuertes luces busca-aviones que pendían de todos los postes, que si no se cuidaban, ya cuando fueran llegando a Chihuahuita, les echarían una jauría entera de sus cochinos perros policía para que los acosaran, los mordieran y los dejaran tirados desangrándose sobre la banqueta, a madres y a pespunte se echaron lo que pareciera cuadras y cuadras, volteando para todos lados, buscando el famoso van verde y blanco hospital de la migra, pasaron a zancadas, jorobados, casi en cuclillas, escondiéndose del vislumbre de las luces de las salas, los comedores y las cocinas de las casitas del barrio, temieron que los mismos pochos y chicanos los denunciaran, les habían dicho que eran los peores, que eran hasta más cabrones que los gringos, que se exponían a que los robaran, a que los apuñalearan, a que los dejaran acostados en algún callejón después de darles en la madre, de cortarles la yugular con una naifa filosa por quitarles los tres pesos que llevaban en la cartera, o por jambarles los zapatos o nomás por hacerles una maldad pues les habían dicho que los manitos de acá odiaban a los mojados que venían a quitarles el jale, a chingarse sobre los centavos del welfare que a los otros les tocaban por estar allí desde hacía mucho y porque a pesar de que esa raza ganaba una mirruña, pagaban los famosos taxes y que de alguna forma entonces también irían a mantener a esa bola de pránganas advenedizos, se deslizaron por las calles cenizas del barrio, se repegaron a las vías del ferrocarril, olieron el dulce aroma que se desprendía de la panadería cuyo anuncio en letras gigantes rezaba "Rainbow bread is UUM-GOOD" siguieron la gorra roja del coyote, chapaleando con los zapatos, de repente recibieron una señal, se echaron pecho a tierra, observaron de reojo, iba muy despacito, como sabiendo que allí estaban todos agazapados bajo el bordo de la vía, pasaron, por fin, el coyote se levantó y les dirigió en fila india hasta un carro en donde estaban esperando otros de gorrita, se hizo una bola oscura ante el portón inmenso y alto de un vagón de carga.


-¿Qué ondas pues? dijo el que parecía jefe, ¿qué son todos? Me dijeron que iban a llenarnos el carro, así ni conviene la chinga que nos llevamos. Cuando dijo -chinga- todos le descargaron una mirada cortante directo a las pupilas, tan fuerte estuvo que el pinche gusano arrienda-almas les retiró la vista como quien elude un insulto, levantó el brazo y con la maña que dan los años, de un manotazo tiró la tranca y empujó el inmenso portón como un metro.

-Jálenle pues, gritó, no vaya a ser que la pinche migra se regrese y entonces si la chingamos, y tú Miguel, no te hagas el pendejo, súbete con ellos que los tienes que acompañar hasta Van Horn donde los vas a entregar a Osofronio para que los cargue en el otro tren.

A Miguel no le gustaba nada esa parte de su trabajo, lo de echarse el recorrido desde Aguascalientes y hacerla de enganchador hasta le gustaba porque mientras viajaba ida y vuelta no tenía que estar dándole cuentas de nada al pinche Librado ni tener que aguantarle todas sus sandeces y bromas pesadas nomás por ser el coyote mayor, hasta le gustaba porque, además, de vez en cuando le salía alguna transa, alguna chava o hasta algún negocito de mota y eso le venía muy bien pues le gustaba mucho bailarlas y enamorarlas y traer unos fierros en la bolsa, lo que no le cuadró ni madres fue que lo mandaran en los carros de carga gabachos apestosos a petróleo y a creosota pues además de la chinga de irse sentado y acostado en el suelo, durante el verano se cocía de calor y en invierno se congelaba el pájaro uy uy uy, unos hicieron columpio con las manos para que los demás doblaran la rodilla y se empujaran con la otra pierna y después los de arriba extendieran los brazos y los jalaran dentro, sintieron el tufo de la presión y el golpe seco del metal contra los empaques del marco, como puerta de refrigerador, pero no les dio miedo pues no escucharon cerrar ninguna tranca y como por dentro había una manivela igual que afuera ... lo que si les infundió pavor fue la oscuridad absoluta en que quedaron, unos luego prendieron cigarro y como luciérnagas alumbraron unos segundos el interior con los cerillos.


-Bájenle al volumen cabrones, ¿qué no ven que si nos oyen ya nos llevó pifas? Duérmanse que todavía falta un chingal, Miguel les ordenó enojado viendo en esos pinches apestosos la causa de sus problemas, échense al suelo o recárguense contra los fardos o como mejor les guste ... él también estiró las piernas sobre el machimbre hasta que las puntas de las botas vaqueras toparon contra los huaraches de otro que estaba acostado en ángulo recto contra él, jaló una chaqueta de mezclilla que traía en la red por si las moscas, la enrolló para usarla de almohada, cuando ya estaba cómodo sintió que un objeto duro le molestaba por debajo de la chaqueta, se levantó en hombros y palpó el ángulo entre piso y pared, levantó el objeto, se esculcó la bolsa de la camisa y encontró el cerillo, tenía en la mano un clavo de vía, lo puso a un lado, se recostó y casi al instante se quedó profundamente dormido.

                                                                                                       *

Se agarró al catre por el travesaño, ni los gritos degarradores ni las paredes embarradas lo dejaban en paz, sudaba como si fuera verano, como si lo hubiera prendido una calentura de infección, ya se había levantado al baño varias veces y había orinado con un ardor terrible, los ojos desorbitados de su madre habían irrumpido sin más tras uno más de sus propios gritos espavoridos, le había llevado un té de tila y una garrita mojada, por fin había regresado a su habitación y tal parecía que hubiera reconciliado el sueño.

                                                                                                       *

-No sé cuantas horas pasaron y el calor nos hizo quitarnos la ropa, pero como el aire empezaba a faltar, todos los compas se desesperaron y empezaron a pelearse por el agua, unos contra otros. Había uno que le decían El Mosco y ése era el más desesperado. Entonces oí que algunos empezaron a llorar y a gritar porque vieron que ya estaban muertos los primeros, me puse a pensar cómo hacerle y me acordé del clavo que me había encontrado y con ése me puse a picarle al piso de madera pero estaba muy duro y me tardé mucho. Cuando terminé de hacer un boquete, casi todos los demás ya habían fallecido, unos rasguñándose, otros se golpeaban desesperados y otros, de plano, yo creo que murieron por el terror. No se oía nada de ruido afuera. Escuché voces y grité y fue entonces cuando vi a los migras.

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