TREINTAIOCHO

El acta de nacimiento que me dejó mi madre lee Rodolfo Belgrano Aúza, hijo de Rodolfo Belgrano Belgrano y Angela Aúza Cárdenas originarios de Ceballos, Coah. y residentes de Cd. Meoqui, Chih.  Trabajo de secretario del Lic. Cipriano Revélez Acosta, jefe del despacho de abogados que lleva su nombre. Mi oficina queda en el edificio Sauer, frente a la vieja aduana, sobre la 16 de septiembre, esquina con Avenida Juárez, noroeste del crucero, segundo piso, sobre la casa de cambio y expendio de lotería de don Máximo Regules y la zapatería Fornarina, al cruzar la calle del bar San Luis y en contra esquina del Banco Comercial.

-Anoche me agarré de la greña por enésima vez con la fiera, jefe. No se enoje, ya sé que van tres veces que llego tarde en la semana a los juzgados, y sí, sí me he dado cuenta de la bola de tinterillos que zopilotean las oficinas de averiguaciones en busca de algún incauto o desesperado que les pida ayuda o sus servicios, no, mi jefazo, no quiero ingresar a ese gremio. Sí jefe, comprendo demasiado bien que usted se altere por mi comportamiento y que me regañe a cada rato, pues es bien importante que los casos se lleven a tiempo, aún cuando los clientes no sean ricos y poco podamos ayudarles en presentar una legítima defensa. No, no es necesario que me lo repita pues arrepentido de muchas cosas estoy de sobra.  Sí, ya sé que de ahí sale la papa para todos y que si no salimos todos al quite, conque falte uno se hunden los demás.

Pinche viejo tranza, como si él no llegara al despacho a las dos y toda la gente esperándolo con cara de uy uy uy y luego no se diera el lujo de hacerlos esperar otro rato mientras que se reporta con la joney para decirle no sé que tantas cosas, que cómo estuviste buena anoche, que pronto nos vemos en el club para festejarla y continuarla, que al cabo aquí tengo una bola de gatos que me traigo cacheteando el pavimento a cuarenta mil por hora y a mi antojo, que no te preocupes por lo de tu apartamento, que ya te compré unos muebles a todas emes y que la nueva tina yacuzzi es maravillosa con sus llaves doradas y su veneer imitación de mármol, no, que no te puedes venir a trabajar a la oficina aunque te aburras de no hacer nada, que para eso te estoy manteniedo, además de que puede ser muy peligroso pues aquí circulan una bola de chismes gruesos y se puede dar cuenta la gorgona picuda o nos pueden meter un chantaje y eso no y no se que más.


-Sí mi jefazo, no se preocupe que ahorita mismo salgo a sacar el expediente para que lo notarice y luego llevarlo a mil con el ministerio público. No, no habrá problemas con el juez pues ya lo tenemos tranzado y al cabrón del Cardenal tal vez hoy mismo le dicten acto de soltura. Sí, pobre desgraciado, ha pasado ya una semana de jueves en la jaula de los mandriles que es peor que el infierno pero tal vez con eso escarmiente y no se ande metiendo con las muchachas del Juait Leik aunque tampoco es seguro pues le encanta andar de mamacito. Ahí nos vemos mi jefazo, a la tarde platicamos otro rato ...

Entro a mi cubículo, despacio, me siento, examino los zapatos todos raspados que compré en León el año pasado que tanto me gustaron por la fina piel, casi elástica, cuadrados de la punta, anchos, el espacio justo para mover los dedos, y estos pinches pantalones de lana a puntitos grises que ya tienen sus tres años y que los prefiero en los días de frío cortante por la reuma en la rodilla que no deja de joderme la borrega, la corbata de moda, color vino con su truchita pintada a mano, difícil de amarrarse por lo ancho, el saquillo jolingo azul marino que siempre me jalo, para ir más o menos formal, ya está todo luído de tanto planche y planche pero con el cuento de que uno tiene que andar a la línea para que le respeten el pinchurriento titulito de lic., ni modo pues, aunque parezca retrato.


Desde anoche anduve perdido en el tiempo. No sabía si era miércoles, jueves o qué, ni la fecha tampoco. Con decirte que cada vez que me pongo así pierdo hasta la noción de quién soy. Es la mentada desesperación de no saber ni pa dónde jalar ante las presiones que se me vienen encima, una tras otra cuando bien me va y en pelota cuando es normal, eso sin pensar en que muchas veces me encuentro con la necesidad de complacer a todo mundo y no se puede. Pinche espejo, no eres ni siquiera para disimular, si no esconderme las arrugas que me fastidian las esquinas jaladas de los ojos, que me surcan la frente y aparecen cada vez con más tesón por entre labios y mejillas y lo peor es que me las muestras a diario, sin la más mínima misericordia, a veces hasta más seguido me gritas que ya la greña ha retrocedido como un decímetro sobre las cejas, que sólo falta que se caigan unas lonillas para que la tonsura sea perfecta, auténtica, como en los retablos mejor difundidos del Ghiotto, donde las calvas de los beatos y santos se extiende desde el bigote y la ceja hasta la corona posterior, como le sucedía al abuelo, cada vez el relumbrón es mayor, se enciende por todos lados, rarísimo pues el pelo aún es negro, sin canas con excepción de una o dos que me salen por las patillas, eso si, los bigotes y las barbas ya más que salpicados de blanco y eso que apenas vamos en treinta y cinco, y es que deveras estoy muy corrido sin aceite, te lo juro que no tengo ganas de rasurarme, mil veces prefiero irme con los cuates a echarme unas frías y platicar de los desmadres de antes, cuando andábamos sueltos y solteros y la cruda aún valía la pena, antes de entrar en este rollo de que tienes qué, si no te chingas o, como dijo el otro, si no te aclimatas, eso y la ruca, pinche espejo, ni siquiera sirves para guiarme la navaja, o será que esta chimustreta moderna, de doble filo y toda la cosa no sirve pa cortar barbas mestizas, siempre que me rasuro aquí me corto y luego ando por todos lados con un pedacito de papel de excusado colgando del cachete para pararle su escándalo a la sangre que brota como si deveras, a pesar de mucho aplastar para que deje de correr, pues sale más, como si fuera adrede y lo peor es que seguido repites el show por apurarte, conciente de que tienes que salir volando mano, además, es rete importante que no te vean sangrando pos van a decir que eres un ñetas que jalas como te rasuras. Conste que la Gillete multiusos de dos filos no me ayuda a resolver rollos jurídicos gruesos ni me vuelve más simpático, ni me jala a hacer mejores tranzas que las de costumbre.  Salgo del quite en las situaciones más imposibles y si no me la crees pues nomás ándate un día pegadito a mí y verás. Eso sí, cabrón espejo, me enseñas quien soy cada mañana, no me dejas que me alebreste por demás, pero eso sí, te agradezco que no quieras engañarme y por eso me caes bien. Muy distinto a lo que siento por la noche cuando la fiera sale a pasear y no me queda otra que esperar, solo, agüitado, perdido en el recuerdo de los momentos delicados de lo que aún con ella fue el primerizo amor, de todas las veces que estuvieron juntos horas y horas, sin darte cuenta, sin sacarle al parche.


Qué raro, por primera vez te vienes fijando en este cuarto rupa, o poco peor, que las ventanas son cuadradas de abajo y redondas de arriba y que las cruzan maderas y que los vidrios baratos, ondulan a la gente que pasa, la distorsionan, se ven más largos de arriba como trompos al revés, las caderas crecidas y las cabezas como puntas de lápiz y que la luz que entra por allí, más en verano, estalla sobre las cuatro paredes verdes y la puerta, un verde claro de hace veinte años, y resalta las goteras cafés y les da carácter de cartografía medieval y que revienta los globos de pintura inflados hace ya tantos meses cuando cayeron las hojaldras de pintura como folios de pan dulce mientras que otras quedaron tapadas bajo el espejo y tras el retrato de Benito Juárez. Por la ventana, entre la silla y el armario, de frente, alcanzas a divisar la reja rococó de la aduana, garigoleos negros de fierro volteado, torcido, donde permanece recargada la bola de viejos gordos, canosos y pelones, que se dedican a engañar al prójimo, a sacarle los pocos dineritos que tanto le ha costado juntar, para que no pase por allí ninguna cháchara sin pagar el impuesto debido que exige la nación, que todo ciudadano debe pagar para que el sistema continúe operando y aún más importante, para que ellos puedan adueñarse de chingos de feria que no les corresponde pero que les es absolutamente necesaria para poder conservar su rango y calidad de grandes señorones perdonavidas y seguirse construyendo sus casonas de millonada en los mejores barrios, para seguir mandando a sus furris hijos al extranjero para que se cultiven y se conviertan en dignos representantes de sus padres, crezca una nueva tropa de sanguijuelas, burócratas perfectos.  Alcanzas a divisar la hoja de vidrio doble giratorio sostenida de gigantes bisagras que no deja de empujarse y jalarse, dejando pasar a la mole de transeúntes que entran y salen a toda hora, con cada giro suelta un chispazo que te refleja sobre el vidrio de los  bifocales que te ayudan a existir.



 Quién sería el que te platicó aquello que según esto había sucedido en la aduana?   Qué te habría querido decir con eso?  Tal vez jamás lo sepas pues nunca lo has vuelto a ver. Te sacudes el sueño y te revisas de nuevo ante el espejo, bajo una nueva luz naranja y un ruido callejero distinto a la refocilata de los automóviles. Extrañas, volteas y sientes que algo extraño, te sorprende encontrar una navaja de hoja sobre la repisa, de esas que te fascinan porque en las películas de policías siempre se genera un sentido de peligro y terror cuando las saca un negro maloso para pelease con algún puertorriqueño en algún bar neoyorkino de mala muerte, pero que nunca aprendiste a manejar por miedo a rasgarte la yugular. Aún los grumos de jabón se ven atestados de pelitos, pero no los reconoces aun cuando te pasas la mano por la barba recién afeitada y estás seguro de que ya perdiste el mango de la sartén.  De pronto sientes una molestia, te aprieta el moño de seda que traes amarrado alrededor de un cuello duro que se prende a la camisa con broches dorados, uno al frente, otro detrás y dos de lado, las puntas volteadas hacia afuera, de mariposa, que hacen juego con los ángulos de la corbata, en el lugar donde traías una mancha de mostaza en el pantalón gris ahora está una raya bien planchada pero es el pantalón negro de un traje de levita, bien cortado y cómodo. Con la mano izquierda, anillo de piedra verde junto al negro lunar de tu familia, tomas el saco por las solaponas, lo abres, forro de seda china azul cielo, tres bolsitas, una bajo otra a la derecha y una grande a la izquierda, debajo un chaleco gris a rayas, cadenita de oro trenzado que salta de la bolsita de lado izquierdo inferior donde tientas un reloj, lo revisas con detenimiento, como si descubrieras que alguien más está contigo, la urgencia, las preocupaciones que te llevaron a pararte frente al espejo se han convertido, ahora quieres saber de quién es ese relojazo, carátula de concha nácar y numeración marfil alrededor de una pequeña Terpsícore pintada a mano. Te tientas la cabellera, partidura a media cabeza, no, no es peluca, la sientes natural, no como cuando trataste de cambiar la forma de peinarte y sentiste que el pelo te dolía, los bigotes afeitados con pomada gruesa, perfumada, te fastidian, te dan comezón. Tras el reflejo, al lado de la ventana, otro cuadro, otro rostro oaxaqueño, éste canoso, severo, intransigente, poderoso y altivo sobre un cuello parado adornado de olivo dorado y túnica de mariscal francés atestada de condecoraciones. Tu silla, el armatoste de madera, desecho del ejército gabacho después de la guerra de Korea, ahora una elegante butaca de cuero, altas espaldas, gruesa colchonadura. Sigues estudiando la reja, el edificio de ladrillo rojo, la luz pega sobre el espejo sin destellos, la puerta cerrada. El marco de la ventana se ve rodeado de paño rojo que inunda de rosa tu elegante despacho. Escuchas bufidos de animal y tienes que asomarte a la ventana, quieres caminar, descubrir lo que afuera pasa pero te quedas clavado, ahora lo reconoces, estás muerto de miedo, de impresión, te has curado la cruda, estás prendido del suelo a diez uñas, miras, quieres saber a qué se debe, sientes los pies enfundados muy a gusto casi como en guantes de ternera, son unos botines altos, apretados, amarrados, cintas largas que entrelazan multitudes de agujeros repetidos de empeine a calva. Te recobras un poco, sueltas la loción que tienes apretada entre los dedos de la mano derecha sin percatarte, te das la vuelta, caminas hacia el sol, los ruidos van creciendo, la gente se arremolina abajo, sientes mucho apuro, por fin te asomas. Las calles atiborradas, de aquí para allá pasean los oficiales extraordinariamente elegantes en sus caballos, seda azul marino realzada de dorados, charreteras, galones, medallas, sables, botones, anchas rayas rojas prendidas de las costuras del pantalón y cascos kaiserianos de acero bruñido y oro completan el ajuar, plumas blancas de remate contra monturas negras. Toda la gente, todas las clases, las que no tuvieron que atender designios de patrones, patronas, se han escapado, buscan guarecerse en algún lugar propicio desde donde puedan observar sin que los corran ni los molesten, las caras de los hombres escondidas bajo la sombra de anchos sombreros de paja, las mujeres cubiertas de rebosos y pañoletas, faldas anchas, las mayorías, entre ellas resaltan las damas ricas de vaporosos chiffones, sombreros de plumas, velos y parasoles.

La calle vestida de labrados pilares de madera, pintados de blanco rematados de capiteles a la griega, entre cada columna enormes paños tendidos en orlas, los colores patrios sobre las crestas de los edificios, pero  qué es esto?  por qué estás tú ahí? tienes que averiguarlo, bajar ahora mismo. A fuerza de una costumbre ajena caminas al rincón, tomas el bastón, puño cabeza de águila real que te recuerda las imágenes que aparecen en los retratos de ruinas aztecas, abres la puerta y te acomodas el bombín. El sol aturde los sentidos, te ciega, permaneces helado unos instantes, la gente se apelotona, empuja, como cuando quiere acercarse a un merolico que presenta algún producto nunca visto o algún payaso que hace gracias, a la orilla de banquetas de madera, vuela un aire a sudor matizado de perfume barato, se mece a los acordes de una marcha de John Phillip Souza, ensordecida por el chasquido de los címbalos, los redobles, golpes agudos de xilófonos y giros de corneta mientras los golpes de múltiples baquetas hacen temblar el cuero, pasa la banda de guerra, detrás viene levantando una nube de polvo un pelotón de infantería que marcha a paso redoblado, las puntas de las banderas truenan contra el viento, sobre el estertor de los tacones y los rechinidos de la banqueta y y las escaleras repletas se escucha el - Flancuizquieeeerdo ......ya! Para el norte, allá lejos, distingues las cabezas de cuatro azabaches, peinados remilgosamente en trensas y listones blancos, dentro de la carreta oscura figuran los rostros, las manos, blancas, prietas, dos ancianos, cerca, te das cuenta, es como te lo contaba la maestra en las lecciones de historia, Porfirio Díaz acompañado de William Howard Taft.


Llegas jadeante, entras por la puerta oeste, sacas la cartera, un papel amarillo, doblado, mal metido, rueda por el suelo, el guardia se agacha, lo recoge, lo devuelve, te identificas con las credenciales que allí encuentras, acomodas el telegrama, pasas. Te reciben como personaje importante, allegado a los grandes intereses nacionales.  En el salón central de la aduana, bajo capiteles de acero pintado, columnas, fustes de mármol italiano blanco y contrabases del mismo rosa, techo de plachas labradas en madera y recubiertas de hoja de oro, entre pinacoteca de José María Velasco y otros paisajistas mexicanos, por sobre exóticas alfombras y mármoles pulidos se congrega ya la exaltada concurrencia, alguien se te acerca.

- Ramiro, cómo estás? Qué bueno que viniste pues ya sabes, de esto depende que sigamos como hasta ahora ...

Lo saludas, le dices que no te sientes bien y te retiras hacia un rincón. Pasan adelante el presidente y su invitado, roto el murmullo, estallan los aplausos, se cierne el silencio a la expectativa de las proclamaciones, el viejo oaxaqueño, alto, se ve chiquito frente a la mole americana, inaugura la entrevista, agradece la asistencia del sajón y pronostica labores exitosas, el gringo habla de jouspitélided, mui bounítou y otras cosas. Sigue el brindis, termina la ceremonia.

Una sala azul estilo Deco da ventanas a la calle, descansan en sillones mullidos de terciopelo azul rey, bajo la resolana del zaguán, los próceres. El peso del blanco lo obliga a que resuelle fuertemente, retumba la exhalación animalesca por todos los rincones, el traje gris de casimir inglés ya muestra arrugas cansadas en la ingle, las corvas y los codos, fuerte choque contra el general mexicano, puritano ante el uniforme de gala cortado a la francesa, casi negro, cuello y puños bordados de olivo plata y oro, dobles franjas rojas de canto en cada pierna, medallas, estrellas y reconocimietos obtenidos en aras de marciano heroísmo el 2 de abril y después, galardones nacionales, extranjeros, La Croix de Guerre, El Aguila Azteca, El Sol del Plata, The Cross of Saint Stephen, La Cruz de Hierro y más prendidas bajo les favoris pommadés a la Kaiser, o mejor a la soi  même y un kepís de Marechal de Champ a la Belle Epoque, hoja de oro, charol y todo, las voces se suceden, una fuerte tirando a ladino, otra gruesa, pausada pero al temple, evidente que ambos saben su negocio, luego se notan los estilos como en pelea de gallos.


Te retiras de la sala central con parte de la concurrencia, despistado, confundido ante lo que has presenciado, en vez de salir por la puerta principal te regresas por donde entraste pero te pierdes, en vez de tomar la primera vidriera vas a la segunda, no notas ninguna diferencia, abres e inmediatamente te das cuenta de lo que acabas de hacer, estás en el foyer del salón de la entrevista, nadie se fija, todos están muy atentos, te quedas unos momentos, no te la quieres perder ...

T: -Pueis sei mai fren Doun Porfiriou, nueistrou neicioun teiner muichous proubleimas now with the Kaiser Wilhelm. El creier quie nousoutrous nou eistar seirious dei eintrar ein güerra coun the Axis sei lous eileimaneis nou reispeitar soubeiranéias dei lous neiciouneis amigous dei Iuroupa. Coumou iusteid sabeir, lous eistadous Iunidous coumproumeiteirsei coun treitedous internaeiciounaleis pour deifendeir el libeirteth die eisous neiciouneis and if lous eileimanes eintrar in güerra, nousoutrous eintrar too because we are miuchou coumproumeiteedous and teiner entereiseis miuchou fiuerteis to protect.

D: -Berri gud mai dir Presidente Teft, Méxcicou iss mach afrei off guartu-also pero Mécsicou jevin big probelns gardin his releicions güit Jérmani tu. Güi nid dyur góbermen tu guib Mécsicou una oportúniti tu démostrei jis gud vólunti. Di jístori prub det Mécsicou ebri taim jeb guib jis hel tu di Iunáites Steis bat neber jeb ricib natin bec fron det cantri. Güi nid tu spik in ril guors abau Mécsicou interes tu.

T:-Jablar deireichou mister Presidentei, seir miuchou empourtantei teiner good idea dei quei Mécsicou querer.

D:-Mécsicou nid tu rcober litol det jes los tu di Iunáites Steis en di guorl. Ji nid tu queptiur jis los aidentiti neshionel.

T:-Pueis Eistadous Iunidous sabeir quei Mexicou teiner miuchou grandei friendship coun Kaiser Wilhelm and that the Kaiser jabeir teineedou miuches palaivras coun iústeid. Eistadous Iunidous queirer teiner más grandei friendship coun Méxicou quei coun Eleimeinia, queirer start up talks soubrei inteirquembious coummercialeis and other reileishiouneis coun our dear neighbor al sour, peirou tembiein deiber deicir to Mexicou quei Eistadous Iunidous seir miuchou malou eneimigou when provoked.

D:- Mister Présiden!, ai güil no permit di invit person in mai jaus, íben de présiden of di Iunáites Steis, tu spik abau mai cantri in dos gours. Méxsicou is di sóberei neishion. Güi jev grei prai en pógüer, grei frens en elais. If dyiu inten tu spik tu as es icuals güi güil lissen bat du nat meik trets hir.


T:-Darmei miuchou lastimou quei Mister President Deeaz piensar this way. Nousoutrous nou queirer ensiultar a niueistrou good friend and neighbor peirou tiener infourmeis quei deicir that the Mexican goverment jabeir tranzadou coun el Kaiser Wilhelm and nousoutrous queirer risoulveir eistou grandei proubleima because if Eistadous Iunidous eintrar in güerra con Eleimania poudi seir miuchou deefeecil tu countiniu dei ser emigou dei Mexicou if Mexicou permaneiceir niutral.

D:-Berri gud mai fren, güi agri guan ting, güi disagri ...

de pronto alguien estornuda, algo cae, rueda pesado por el suelo, muchos se lanzan a cogerlo, otros corren, cierran el paso, se investigará el incidente, encuentran una Derringer cargada, dos tiros, como la de Mimí Blanchetour, alguno la metió a pesar del cateo, no te extraña pues acabas de entrar y nadie te registró, pronto salen los personajes escoltados, el estado mayor da instrucciones:

- Que nadie salga!, que todo mundo se vacíe las bolsas, cateo general!


Respiras, sabes que estás a salvo, traes los documentos, te vacías las bolsas, te catean, una caja de cerillos, dos habanos, el telegrama, la cartera, unas monedas, tres botones de repuesto y el anillo, sorprendido ni sabías lo que traías, te llama el oficial, te pide la cartera, la inspecciona quisquilloso, parece satisfecho, te mira a los ojos, desdobla el telegrama, lo revisa, lo notas nervioso, te sigue examinando de reojo, revisa lo demás, devuelve todo menos el papel amarillo, adelante, registra a otro, veloz, empiezas a pensar, ¿qué dirá el documento? ¿ Si me quieren arrestar qué voy a hacer? ¿ Por dónde me escapo? ¿Qué me va a suceder? ¿Cómo me safo?  A la salida te detiene el coronel, ya dio orden de aprensión y el sargento te saca del brazo, detrás marchan cuatro, entran a otra sala, la jefatura provisional del regimiento, te ordenan que te sientes frente al escritorio, todos callados, te sudan las manos, te muerdes las uñas ¿eres el único detenido? El oficial cierra las puertas, te pregunta que quién eres, a qué te dedicas, dónde vives, quién te invitó. ¿Puedes darle nombres de personas conocidas que atestigüen  tu declaración? No sabes qué hacer, si le dices la verdad no te va a creer, mientes, dices que si quieren pueden cruzar la calle a tu despacho, que allí hay quién dé parte, sabes que esto no va a ningún lado, lo único que puede ocurrirte es un milagro, mientras no sepas qué te pasa tampoco puedes regresar, sientes que el coronel quiere creerte, te acusa de connato de atentado, te informa que el cargo no se ha formalizado pero que las circunstancias apuntan hacia tí, el delito es grave, te muestra el telegrama, pide que expliques lo escrito en alemán, abajo aparece la firma -Zimmerman-, contestas lo primero que se te ocurre, tratas importaciones y exportaciones con intereses extranjeros, tienes que ver con personas que no saben español, seguido se comunican en su lengua y tienes que hacerlo traducir para efectuar los tratos, el coronel sigue frunciendo el seño, no se convence, le dices que pasen al despacho que allí encontrarán documentos similares con fecha previa, se aclarará el asunto, decide por fin, llama al sargento.

-Llévelo escoltado, revise todo y tráigame las pruebas.

Pisas el primer escalón que sube a los altos, vienen bajando unas gentes sin deberla ni temerla, automáticamente te haces a un lado, pasan, se disculpan, discurres furiosamente, los soldados también esperan a que pasen, saltas, llegas arriba, te gritan, corres espavorido, la puerta, no traes la llave, abres de fuerte puntapié, entras, la perterchas con el escritorio, la silla, el armario, quieres ahogar los gritos desaforados de los que golpean, los muebles se deslizan hacia atrás, una mano empuñada de revolver Colt 45 se entremete por la rendija, quieres prensar los muebles, no escuchas el trueno, ves la chispa pero como si fueras otro, te sientes caer, nada te duele, sólo tientas mojado y sientes un suave latido bajo la axila izquierda.

Sobre la repisa del espejo, me guiña un ojo el filo doble de la -Gillete multiusos- y el parpadeo abre y cierra de la puerta de la aduana, bonito caso les toca resolver a estos pendejos, el humo de la Colt se levanta por un lado de la punta cuadrada del zapato.

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