TREINTAIOCHO
El acta de nacimiento
que me dejó mi madre lee Rodolfo Belgrano Aúza, hijo de Rodolfo Belgrano
Belgrano y Angela Aúza Cárdenas originarios de Ceballos, Coah. y residentes de
Cd. Meoqui, Chih. Trabajo de secretario
del Lic. Cipriano Revélez Acosta, jefe del despacho de abogados que lleva su
nombre. Mi oficina queda en el edificio Sauer, frente a la vieja aduana, sobre
la 16 de septiembre, esquina con Avenida Juárez, noroeste del crucero, segundo
piso, sobre la casa de cambio y expendio de lotería de don Máximo Regules y la
zapatería Fornarina, al cruzar la calle del bar San Luis y en contra esquina
del Banco Comercial.
-Anoche me agarré de
la greña por enésima vez con la fiera, jefe. No se enoje, ya sé que van tres
veces que llego tarde en la semana a los juzgados, y sí, sí me he dado cuenta
de la bola de tinterillos que zopilotean las oficinas de averiguaciones en
busca de algún incauto o desesperado que les pida ayuda o sus servicios, no, mi
jefazo, no quiero ingresar a ese gremio. Sí jefe, comprendo demasiado bien que
usted se altere por mi comportamiento y que me regañe a cada rato, pues es bien
importante que los casos se lleven a tiempo, aún cuando los clientes no sean
ricos y poco podamos ayudarles en presentar una legítima defensa. No, no es
necesario que me lo repita pues arrepentido de muchas cosas estoy de
sobra. Sí, ya sé que de ahí sale la
papa para todos y que si no salimos todos al quite, conque falte uno se hunden
los demás.
Pinche viejo tranza,
como si él no llegara al despacho a las dos y toda la gente esperándolo con
cara de uy uy uy y luego no se diera el lujo de hacerlos esperar otro rato
mientras que se reporta con la joney para decirle no sé que tantas cosas, que
cómo estuviste buena anoche, que pronto nos vemos en el club para festejarla y
continuarla, que al cabo aquí tengo una bola de gatos que me traigo cacheteando
el pavimento a cuarenta mil por hora y a mi antojo, que no te preocupes por lo
de tu apartamento, que ya te compré unos muebles a todas emes y que la nueva
tina yacuzzi es maravillosa con sus llaves doradas y su veneer imitación de
mármol, no, que no te puedes venir a trabajar a la oficina aunque te aburras de
no hacer nada, que para eso te estoy manteniedo, además de que puede ser muy
peligroso pues aquí circulan una bola de chismes gruesos y se puede dar cuenta
la gorgona picuda o nos pueden meter un chantaje y eso no y no se que más.
-Sí mi jefazo, no se
preocupe que ahorita mismo salgo a sacar el expediente para que lo notarice y
luego llevarlo a mil con el ministerio público. No, no habrá problemas con el
juez pues ya lo tenemos tranzado y al cabrón del Cardenal tal vez hoy mismo le
dicten acto de soltura. Sí, pobre desgraciado, ha pasado ya una semana de
jueves en la jaula de los mandriles que es peor que el infierno pero tal vez
con eso escarmiente y no se ande metiendo con las muchachas del Juait Leik
aunque tampoco es seguro pues le encanta andar de mamacito. Ahí nos vemos mi
jefazo, a la tarde platicamos otro rato ...
Entro a mi cubículo,
despacio, me siento, examino los zapatos todos raspados que compré en León el
año pasado que tanto me gustaron por la fina piel, casi elástica, cuadrados de
la punta, anchos, el espacio justo para mover los dedos, y estos pinches
pantalones de lana a puntitos grises que ya tienen sus tres años y que los
prefiero en los días de frío cortante por la reuma en la rodilla que no deja de
joderme la borrega, la corbata de moda, color vino con su truchita pintada a
mano, difícil de amarrarse por lo ancho, el saquillo jolingo azul marino que
siempre me jalo, para ir más o menos formal, ya está todo luído de tanto
planche y planche pero con el cuento de que uno tiene que andar a la línea para
que le respeten el pinchurriento titulito de lic., ni modo pues, aunque parezca
retrato.
Desde anoche anduve
perdido en el tiempo. No sabía si era miércoles, jueves o qué, ni la fecha
tampoco. Con decirte que cada vez que me pongo así pierdo hasta la noción de
quién soy. Es la mentada desesperación de no saber ni pa dónde jalar ante las
presiones que se me vienen encima, una tras otra cuando bien me va y en pelota
cuando es normal, eso sin pensar en que muchas veces me encuentro con la
necesidad de complacer a todo mundo y no se puede. Pinche espejo, no eres ni
siquiera para disimular, si no esconderme las arrugas que me fastidian las
esquinas jaladas de los ojos, que me surcan la frente y aparecen cada vez con
más tesón por entre labios y mejillas y lo peor es que me las muestras a
diario, sin la más mínima misericordia, a veces hasta más seguido me gritas que
ya la greña ha retrocedido como un decímetro sobre las cejas, que sólo falta
que se caigan unas lonillas para que la tonsura sea perfecta, auténtica, como
en los retablos mejor difundidos del Ghiotto, donde las calvas de los beatos y
santos se extiende desde el bigote y la ceja hasta la corona posterior, como le
sucedía al abuelo, cada vez el relumbrón es mayor, se enciende por todos lados,
rarísimo pues el pelo aún es negro, sin canas con excepción de una o dos que me
salen por las patillas, eso si, los bigotes y las barbas ya más que salpicados
de blanco y eso que apenas vamos en treinta y cinco, y es que deveras estoy muy
corrido sin aceite, te lo juro que no tengo ganas de rasurarme, mil veces
prefiero irme con los cuates a echarme unas frías y platicar de los desmadres
de antes, cuando andábamos sueltos y solteros y la cruda aún valía la pena,
antes de entrar en este rollo de que tienes qué, si no te chingas o, como dijo
el otro, si no te aclimatas, eso y la ruca, pinche espejo, ni siquiera sirves
para guiarme la navaja, o será que esta chimustreta moderna, de doble filo y
toda la cosa no sirve pa cortar barbas mestizas, siempre que me rasuro aquí me
corto y luego ando por todos lados con un pedacito de papel de excusado
colgando del cachete para pararle su escándalo a la sangre que brota como si
deveras, a pesar de mucho aplastar para que deje de correr, pues sale más, como
si fuera adrede y lo peor es que seguido repites el show por apurarte,
conciente de que tienes que salir volando mano, además, es rete importante que
no te vean sangrando pos van a decir que eres un ñetas que jalas como te
rasuras. Conste que la Gillete multiusos de dos filos no me ayuda a resolver
rollos jurídicos gruesos ni me vuelve más simpático, ni me jala a hacer mejores
tranzas que las de costumbre. Salgo del
quite en las situaciones más imposibles y si no me la crees pues nomás ándate
un día pegadito a mí y verás. Eso sí, cabrón espejo, me enseñas quien soy cada
mañana, no me dejas que me alebreste por demás, pero eso sí, te agradezco que
no quieras engañarme y por eso me caes bien. Muy distinto a lo que siento por
la noche cuando la fiera sale a pasear y no me queda otra que esperar, solo,
agüitado, perdido en el recuerdo de los momentos delicados de lo que aún con
ella fue el primerizo amor, de todas las veces que estuvieron juntos horas y
horas, sin darte cuenta, sin sacarle al parche.
Qué raro, por primera
vez te vienes fijando en este cuarto rupa, o poco peor, que las ventanas son
cuadradas de abajo y redondas de arriba y que las cruzan maderas y que los
vidrios baratos, ondulan a la gente que pasa, la distorsionan, se ven más
largos de arriba como trompos al revés, las caderas crecidas y las cabezas como
puntas de lápiz y que la luz que entra por allí, más en verano, estalla sobre
las cuatro paredes verdes y la puerta, un verde claro de hace veinte años, y
resalta las goteras cafés y les da carácter de cartografía medieval y que
revienta los globos de pintura inflados hace ya tantos meses cuando cayeron las
hojaldras de pintura como folios de pan dulce mientras que otras quedaron
tapadas bajo el espejo y tras el retrato de Benito Juárez. Por la ventana,
entre la silla y el armario, de frente, alcanzas a divisar la reja rococó de la
aduana, garigoleos negros de fierro volteado, torcido, donde permanece
recargada la bola de viejos gordos, canosos y pelones, que se dedican a engañar
al prójimo, a sacarle los pocos dineritos que tanto le ha costado juntar, para
que no pase por allí ninguna cháchara sin pagar el impuesto debido que exige la
nación, que todo ciudadano debe pagar para que el sistema continúe operando y
aún más importante, para que ellos puedan adueñarse de chingos de feria que no
les corresponde pero que les es absolutamente necesaria para poder conservar su
rango y calidad de grandes señorones perdonavidas y seguirse construyendo sus casonas
de millonada en los mejores barrios, para seguir mandando a sus furris hijos al
extranjero para que se cultiven y se conviertan en dignos representantes de sus
padres, crezca una nueva tropa de sanguijuelas, burócratas perfectos. Alcanzas a divisar la hoja de vidrio doble
giratorio sostenida de gigantes bisagras que no deja de empujarse y jalarse,
dejando pasar a la mole de transeúntes que entran y salen a toda hora, con cada
giro suelta un chispazo que te refleja sobre el vidrio de los bifocales que te ayudan a existir.
Quién sería el que te platicó aquello que
según esto había sucedido en la aduana?
Qué te habría querido decir con eso?
Tal vez jamás lo sepas pues nunca lo has vuelto a ver. Te sacudes el
sueño y te revisas de nuevo ante el espejo, bajo una nueva luz naranja y un
ruido callejero distinto a la refocilata de los automóviles. Extrañas, volteas
y sientes que algo extraño, te sorprende encontrar una navaja de hoja sobre la
repisa, de esas que te fascinan porque en las películas de policías siempre se
genera un sentido de peligro y terror cuando las saca un negro maloso para
pelease con algún puertorriqueño en algún bar neoyorkino de mala muerte, pero
que nunca aprendiste a manejar por miedo a rasgarte la yugular. Aún los grumos
de jabón se ven atestados de pelitos, pero no los reconoces aun cuando te pasas
la mano por la barba recién afeitada y estás seguro de que ya perdiste el mango
de la sartén. De pronto sientes una
molestia, te aprieta el moño de seda que traes amarrado alrededor de un cuello
duro que se prende a la camisa con broches dorados, uno al frente, otro detrás
y dos de lado, las puntas volteadas hacia afuera, de mariposa, que hacen juego
con los ángulos de la corbata, en el lugar donde traías una mancha de mostaza
en el pantalón gris ahora está una raya bien planchada pero es el pantalón
negro de un traje de levita, bien cortado y cómodo. Con la mano izquierda,
anillo de piedra verde junto al negro lunar de tu familia, tomas el saco por
las solaponas, lo abres, forro de seda china azul cielo, tres bolsitas, una
bajo otra a la derecha y una grande a la izquierda, debajo un chaleco gris a
rayas, cadenita de oro trenzado que salta de la bolsita de lado izquierdo
inferior donde tientas un reloj, lo revisas con detenimiento, como si
descubrieras que alguien más está contigo, la urgencia, las preocupaciones que
te llevaron a pararte frente al espejo se han convertido, ahora quieres saber
de quién es ese relojazo, carátula de concha nácar y numeración marfil
alrededor de una pequeña Terpsícore pintada a mano. Te tientas la cabellera,
partidura a media cabeza, no, no es peluca, la sientes natural, no como cuando
trataste de cambiar la forma de peinarte y sentiste que el pelo te dolía, los
bigotes afeitados con pomada gruesa, perfumada, te fastidian, te dan comezón.
Tras el reflejo, al lado de la ventana, otro cuadro, otro rostro oaxaqueño,
éste canoso, severo, intransigente, poderoso y altivo sobre un cuello parado
adornado de olivo dorado y túnica de mariscal francés atestada de
condecoraciones. Tu silla, el armatoste de madera, desecho del ejército gabacho
después de la guerra de Korea, ahora una elegante butaca de cuero, altas
espaldas, gruesa colchonadura. Sigues estudiando la reja, el edificio de ladrillo
rojo, la luz pega sobre el espejo sin destellos, la puerta cerrada. El marco de
la ventana se ve rodeado de paño rojo que inunda de rosa tu elegante despacho.
Escuchas bufidos de animal y tienes que asomarte a la ventana, quieres caminar,
descubrir lo que afuera pasa pero te quedas clavado, ahora lo reconoces, estás
muerto de miedo, de impresión, te has curado la cruda, estás prendido del suelo
a diez uñas, miras, quieres saber a qué se debe, sientes los pies enfundados
muy a gusto casi como en guantes de ternera, son unos botines altos, apretados,
amarrados, cintas largas que entrelazan multitudes de agujeros repetidos de
empeine a calva. Te recobras un poco, sueltas la loción que tienes apretada
entre los dedos de la mano derecha sin percatarte, te das la vuelta, caminas
hacia el sol, los ruidos van creciendo, la gente se arremolina abajo, sientes
mucho apuro, por fin te asomas. Las calles atiborradas, de aquí para allá
pasean los oficiales extraordinariamente elegantes en sus caballos, seda azul
marino realzada de dorados, charreteras, galones, medallas, sables, botones,
anchas rayas rojas prendidas de las costuras del pantalón y cascos kaiserianos
de acero bruñido y oro completan el ajuar, plumas blancas de remate contra
monturas negras. Toda la gente, todas las clases, las que no tuvieron que
atender designios de patrones, patronas, se han escapado, buscan guarecerse en
algún lugar propicio desde donde puedan observar sin que los corran ni los
molesten, las caras de los hombres escondidas bajo la sombra de anchos
sombreros de paja, las mujeres cubiertas de rebosos y pañoletas, faldas anchas,
las mayorías, entre ellas resaltan las damas ricas de vaporosos chiffones,
sombreros de plumas, velos y parasoles.
La calle vestida de
labrados pilares de madera, pintados de blanco rematados de capiteles a la
griega, entre cada columna enormes paños tendidos en orlas, los colores patrios
sobre las crestas de los edificios, pero
qué es esto? por qué estás tú
ahí? tienes que averiguarlo, bajar ahora mismo. A fuerza de una costumbre ajena
caminas al rincón, tomas el bastón, puño cabeza de águila real que te recuerda
las imágenes que aparecen en los retratos de ruinas aztecas, abres la puerta y
te acomodas el bombín. El sol aturde los sentidos, te ciega, permaneces helado
unos instantes, la gente se apelotona, empuja, como cuando quiere acercarse a
un merolico que presenta algún producto nunca visto o algún payaso que hace
gracias, a la orilla de banquetas de madera, vuela un aire a sudor matizado de
perfume barato, se mece a los acordes de una marcha de John Phillip Souza,
ensordecida por el chasquido de los címbalos, los redobles, golpes agudos de
xilófonos y giros de corneta mientras los golpes de múltiples baquetas hacen
temblar el cuero, pasa la banda de guerra, detrás viene levantando una nube de
polvo un pelotón de infantería que marcha a paso redoblado, las puntas de las
banderas truenan contra el viento, sobre el estertor de los tacones y los
rechinidos de la banqueta y y las escaleras repletas se escucha el - Flancuizquieeeerdo
......ya! Para el norte, allá lejos, distingues las cabezas de cuatro
azabaches, peinados remilgosamente en trensas y listones blancos, dentro de la
carreta oscura figuran los rostros, las manos, blancas, prietas, dos ancianos,
cerca, te das cuenta, es como te lo contaba la maestra en las lecciones de
historia, Porfirio Díaz acompañado de William Howard Taft.
Llegas jadeante,
entras por la puerta oeste, sacas la cartera, un papel amarillo, doblado, mal
metido, rueda por el suelo, el guardia se agacha, lo recoge, lo devuelve, te
identificas con las credenciales que allí encuentras, acomodas el telegrama,
pasas. Te reciben como personaje importante, allegado a los grandes intereses
nacionales. En el salón central de la
aduana, bajo capiteles de acero pintado, columnas, fustes de mármol italiano
blanco y contrabases del mismo rosa, techo de plachas labradas en madera y
recubiertas de hoja de oro, entre pinacoteca de José María Velasco y otros
paisajistas mexicanos, por sobre exóticas alfombras y mármoles pulidos se
congrega ya la exaltada concurrencia, alguien se te acerca.
- Ramiro, cómo estás?
Qué bueno que viniste pues ya sabes, de esto depende que sigamos como hasta
ahora ...
Lo saludas, le dices
que no te sientes bien y te retiras hacia un rincón. Pasan adelante el
presidente y su invitado, roto el murmullo, estallan los aplausos, se cierne el
silencio a la expectativa de las proclamaciones, el viejo oaxaqueño, alto, se
ve chiquito frente a la mole americana, inaugura la entrevista, agradece la
asistencia del sajón y pronostica labores exitosas, el gringo habla de
jouspitélided, mui bounítou y otras cosas. Sigue el brindis, termina la
ceremonia.
Una sala azul estilo
Deco da ventanas a la calle, descansan en sillones mullidos de terciopelo azul
rey, bajo la resolana del zaguán, los próceres. El peso del blanco lo obliga a
que resuelle fuertemente, retumba la exhalación animalesca por todos los
rincones, el traje gris de casimir inglés ya muestra arrugas cansadas en la
ingle, las corvas y los codos, fuerte choque contra el general mexicano,
puritano ante el uniforme de gala cortado a la francesa, casi negro, cuello y
puños bordados de olivo plata y oro, dobles franjas rojas de canto en cada
pierna, medallas, estrellas y reconocimietos obtenidos en aras de marciano
heroísmo el 2 de abril y después, galardones nacionales, extranjeros, La Croix
de Guerre, El Aguila Azteca, El Sol del Plata, The Cross of Saint Stephen, La
Cruz de Hierro y más prendidas bajo les favoris pommadés a la Kaiser, o mejor a
la soi même y un kepís de Marechal de
Champ a la Belle Epoque, hoja de oro, charol y todo, las voces se suceden, una
fuerte tirando a ladino, otra gruesa, pausada pero al temple, evidente que
ambos saben su negocio, luego se notan los estilos como en pelea de gallos.
Te retiras de la sala
central con parte de la concurrencia, despistado, confundido ante lo que has
presenciado, en vez de salir por la puerta principal te regresas por donde
entraste pero te pierdes, en vez de tomar la primera vidriera vas a la segunda,
no notas ninguna diferencia, abres e inmediatamente te das cuenta de lo que
acabas de hacer, estás en el foyer del salón de la entrevista, nadie se fija,
todos están muy atentos, te quedas unos momentos, no te la quieres perder ...
T: -Pueis sei mai fren
Doun Porfiriou, nueistrou neicioun teiner muichous proubleimas now with the
Kaiser Wilhelm. El creier quie nousoutrous nou eistar seirious dei eintrar ein
güerra coun the Axis sei lous eileimaneis nou reispeitar soubeiranéias dei lous
neiciouneis amigous dei Iuroupa. Coumou iusteid sabeir, lous eistadous Iunidous
coumproumeiteirsei coun treitedous internaeiciounaleis pour deifendeir el
libeirteth die eisous neiciouneis and if lous eileimanes eintrar in güerra,
nousoutrous eintrar too because we are miuchou coumproumeiteedous and teiner
entereiseis miuchou fiuerteis to protect.
D: -Berri gud mai dir
Presidente Teft, Méxcicou iss mach afrei off guartu-also pero Mécsicou jevin
big probelns gardin his releicions güit Jérmani tu. Güi nid dyur góbermen tu
guib Mécsicou una oportúniti tu démostrei jis gud vólunti. Di jístori prub det
Mécsicou ebri taim jeb guib jis hel tu di Iunáites Steis bat neber jeb ricib
natin bec fron det cantri. Güi nid tu spik in ril guors abau Mécsicou interes
tu.
T:-Jablar deireichou
mister Presidentei, seir miuchou empourtantei teiner good idea dei quei
Mécsicou querer.
D:-Mécsicou nid tu
rcober litol det jes los tu di Iunáites Steis en di guorl. Ji nid tu queptiur
jis los aidentiti neshionel.
T:-Pueis Eistadous
Iunidous sabeir quei Mexicou teiner miuchou grandei friendship coun Kaiser
Wilhelm and that the Kaiser jabeir teineedou miuches palaivras coun iústeid.
Eistadous Iunidous queirer teiner más grandei friendship coun Méxicou quei coun
Eleimeinia, queirer start up talks soubrei inteirquembious coummercialeis and
other reileishiouneis coun our dear neighbor al sour, peirou tembiein deiber
deicir to Mexicou quei Eistadous Iunidous seir miuchou malou eneimigou when
provoked.
D:- Mister Présiden!,
ai güil no permit di invit person in mai jaus, íben de présiden of di Iunáites
Steis, tu spik abau mai cantri in dos gours. Méxsicou is di sóberei neishion.
Güi jev grei prai en pógüer, grei frens en elais. If dyiu inten tu spik tu as
es icuals güi güil lissen bat du nat meik trets hir.
T:-Darmei miuchou
lastimou quei Mister President Deeaz piensar this way. Nousoutrous nou queirer
ensiultar a niueistrou good friend and neighbor peirou tiener infourmeis quei
deicir that the Mexican goverment jabeir tranzadou coun el Kaiser Wilhelm and nousoutrous
queirer risoulveir eistou grandei proubleima because if Eistadous Iunidous
eintrar in güerra con Eleimania poudi seir miuchou deefeecil tu countiniu dei
ser emigou dei Mexicou if Mexicou permaneiceir niutral.
D:-Berri gud mai fren,
güi agri guan ting, güi disagri ...
de pronto alguien
estornuda, algo cae, rueda pesado por el suelo, muchos se lanzan a cogerlo,
otros corren, cierran el paso, se investigará el incidente, encuentran una
Derringer cargada, dos tiros, como la de Mimí Blanchetour, alguno la metió a
pesar del cateo, no te extraña pues acabas de entrar y nadie te registró,
pronto salen los personajes escoltados, el estado mayor da instrucciones:
- Que nadie salga!,
que todo mundo se vacíe las bolsas, cateo general!
Respiras, sabes que
estás a salvo, traes los documentos, te vacías las bolsas, te catean, una caja
de cerillos, dos habanos, el telegrama, la cartera, unas monedas, tres botones
de repuesto y el anillo, sorprendido ni sabías lo que traías, te llama el
oficial, te pide la cartera, la inspecciona quisquilloso, parece satisfecho, te
mira a los ojos, desdobla el telegrama, lo revisa, lo notas nervioso, te sigue
examinando de reojo, revisa lo demás, devuelve todo menos el papel amarillo,
adelante, registra a otro, veloz, empiezas a pensar, ¿qué dirá el documento? ¿
Si me quieren arrestar qué voy a hacer? ¿ Por dónde me escapo? ¿Qué me va a
suceder? ¿Cómo me safo? A la salida te
detiene el coronel, ya dio orden de aprensión y el sargento te saca del brazo,
detrás marchan cuatro, entran a otra sala, la jefatura provisional del
regimiento, te ordenan que te sientes frente al escritorio, todos callados, te
sudan las manos, te muerdes las uñas ¿eres el único detenido? El oficial cierra
las puertas, te pregunta que quién eres, a qué te dedicas, dónde vives, quién
te invitó. ¿Puedes darle nombres de personas conocidas que atestigüen tu declaración? No sabes qué hacer, si le
dices la verdad no te va a creer, mientes, dices que si quieren pueden cruzar
la calle a tu despacho, que allí hay quién dé parte, sabes que esto no va a
ningún lado, lo único que puede ocurrirte es un milagro, mientras no sepas qué
te pasa tampoco puedes regresar, sientes que el coronel quiere creerte, te
acusa de connato de atentado, te informa que el cargo no se ha formalizado pero
que las circunstancias apuntan hacia tí, el delito es grave, te muestra el
telegrama, pide que expliques lo escrito en alemán, abajo aparece la firma
-Zimmerman-, contestas lo primero que se te ocurre, tratas importaciones y exportaciones
con intereses extranjeros, tienes que ver con personas que no saben español,
seguido se comunican en su lengua y tienes que hacerlo traducir para efectuar
los tratos, el coronel sigue frunciendo el seño, no se convence, le dices que
pasen al despacho que allí encontrarán documentos similares con fecha previa,
se aclarará el asunto, decide por fin, llama al sargento.
-Llévelo escoltado,
revise todo y tráigame las pruebas.
Pisas el primer
escalón que sube a los altos, vienen bajando unas gentes sin deberla ni
temerla, automáticamente te haces a un lado, pasan, se disculpan, discurres
furiosamente, los soldados también esperan a que pasen, saltas, llegas arriba,
te gritan, corres espavorido, la puerta, no traes la llave, abres de fuerte
puntapié, entras, la perterchas con el escritorio, la silla, el armario,
quieres ahogar los gritos desaforados de los que golpean, los muebles se
deslizan hacia atrás, una mano empuñada de revolver Colt 45 se entremete por la
rendija, quieres prensar los muebles, no escuchas el trueno, ves la chispa pero
como si fueras otro, te sientes caer, nada te duele, sólo tientas mojado y
sientes un suave latido bajo la axila izquierda.
Sobre la repisa del
espejo, me guiña un ojo el filo doble de la -Gillete multiusos- y el parpadeo
abre y cierra de la puerta de la aduana, bonito caso les toca resolver a estos
pendejos, el humo de la Colt se levanta por un lado de la punta cuadrada del
zapato.